miércoles, 4 de enero de 2012

DIOS Y EL MUNDO en medio de DUDAS Y CERTEZAS.....

Algunas de las ideas de Ratzinger sobre Dios y su relacion con el mundo van a sorprender. Curiosamente son las mismas que muchos de nosotros nos planteamos todos los dias frente al misterio de un Dios Trascendente........

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DIOS Y EL MUNDO , Joseph Ratzinger....Una conversación con Meter Seewald



PREFACIO

En 1996, Peter Seewald me propuso conversar sobre las cuestiones que el hombre actual plantea a la Iglesia y que a menudo le cierran el acceso a la fe. De ahí surgió el libro Salz der Erde (Sal de la tierra), que para muchos se convirtió en una contribución a la orientación que aceptaron con agradecimiento.

El enorme eco, asombrosamente positivo, que despertó el libro animó al señor Seewald a proponer una segunda ronda de conversaciones en la que se esclarecerían las cuestiones internas de la propia fe, que a muchos cristianos les parece una selva tan impenetrable que apenas son capaces de orientarse en ella; muchos aspectos de la misma, algunos importantes, resultan difícilmente comprensibles y aceptables para el pensamiento actual.

A este proyecto se oponía en principio mi sobrecarga profesional. En el escaso tiempo libre del que dispongo deseaba escribir, por fin, el libro sobre el espíritu de la liturgia que tenía proyectado desde comienzos de los años ochenta, pero que nunca había podido trasladar al papel. A lo largo de tres vacaciones de verano surgió finalmente la obra, que se publicó a comienzos de este año. El camino a la segunda conversación con Seewald quedaba por fin despejado, y él propuso celebrarla en una sede preñada de simbolismo: la casa matriz de la orden benedictina, la abadía de Montecassino.

Allí, fortalecidos por la hospitalidad benedictina, sostuvimos del 7 al 11 de febrero de este año nuestro último diálogo, que el señor Seewald había preparado con sumo cuidado. Yo tuve que confiar en la inspiración del momento. La tranquilidad del monasterio, la amabilidad de los monjes y del abad, el ambiente de oración y la celebración respetuosa de la liturgia nos ayudaron mucho; la suerte quiso que también pudiéramos celebrar allí, con la brillantez debida, la fiesta de la hermana de san Benito, santa Escolástica. Ambos autores, que tomaron ese lugar venerable como un lugar de inspiración, expresan su cordial agradecimiento a los monjes de Montecassino.

Huelga decir que cada uno de los dos autores habla por sí mismo y ofrece su propia aportación. Al igual que en Sal de la tierra, también esta obra -me parece- ha propiciado, precisamente por los diferentes orígenes y formas de pensar, un auténtico diálogo, en el que el carácter directo de preguntas y respuestas se revela fructífero. El señor Seewald, que grabó mis respuestas en cinta magnetofónica, se encargó de trasladarlas al papel y de realizar las correcciones estilísticas necesarias. Yo mismo las leí con ojos críticos y, cuando lo juzgué necesario, las pulí lingüísticamente o incluí con cuidado algún que otro añadido, aunque dejando en conjunto la palabra hablada tal como había surgido en su momento. Espero que este segundo libro de conversaciones encuentre una acogida de amabilidad similar a Sal de la tierra, y ayude a muchas personas a comprender la fe cristiana.

Roma, 22 de agosto de 2000

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PRÓLOGO , por Peter Seewald ......Extractos del libro original....

Montecassino en primavera. El sinuoso camino que conducía al monasterio de San Benito era angosto y empinado, y cuanto más subíamos, más fresco se tornaba el aire. Nadie decía una palabra, ni siquiera Alfredo, el chófer del cardenal. No sé, habíamos dejado atrás definitivamente el invierno, pero en cierto modo teníamos miedo de las frías noches que aún nos esperaban.

Cuando publiqué junto con el cardenal Ratzinger el libro de entrevistas Sal de la tierra, muchos lo consideraron una oportunidad para adentrarse en una temática hasta entonces inaccesible. Aunque el nombre de Dios se usa con más frecuencia que nunca, en el fondo nadie sabe ya de qué habla cuando se refiere a cuestiones religiosas. Yo lo había comprobado con amigos o en las redacciones de las revistas para las que trabajaba. En un plazo de tiempo brevísimo amplios sectores de la sociedad habían sufrido una especie de ataque nuclear espiritual, una especie de big bang en la cultura cristiana que hasta entonces constituía nuestro fundamento. Aunque las personas no negasen a Dios, nadie contaba ya con que ejerciera poder sobre el mundo y pudiera hacer algo de verdad.

Durante esa época visité en numerosas ocasiones una iglesia. A pesar de que albergaba dudas y desconfiaba de los mensajes de la revelación, me parecía incuestionable que el mundo no era una casualidad, ni el resultado de una explosión o algo parecido, como sostenían Marx y otros. Y menos aún una creación del ser humano, que no es capaz de curar un simple catarro ni de impedir la rotura de un dique. Tomé conciencia de que, tras el entramado de liturgia, rezos y preceptos, debía de existir una causa, una verdad. «Nosotros no hemos seguido unas historias inteligentemente inventadas», dice la epístola de uno de los apóstoles. Pero me habría parecido absurdo hacer la señal de la cruz o siquiera manifestar humildad, como es habitual en las misas. Y por más que contemplase la iglesia a mi alrededor, era incapaz de descifrar nada. El auténtico sentido del conjunto parecía ocultarse tras un muro de niebla.

Abandonar la Iglesia, que desde hacía muchos años me parecía vacía y reaccionaria, no es fácil, pero regresar es mucho más difícil aún. Uno no sólo desea creer lo que sabe, sino también saber lo que cree. Montañas de preguntas insolubles obstaculizan el camino. ¿Es Cristo de verdad el hijo de Dios, que nos trajo la redención? Y en caso afirmativo, ¿de qué Dios se trata? ¿Uno bondadoso que nos ayuda? ¿Un cínico, que, aburrido, sigue escribiendo línea a línea su gran libro de la vida? ¿Qué propósito alberga respecto a las personas que pueden incluso caer víctimas del poder del maligno? ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué hay de los mandamientos? ¿Siguen siendo válidos hoy? ¿Qué significan los siete sacramentos? ¿Se oculta realmente en ellos, según se dice, el plan de toda la existencia? ¿Son todavía conciliables en el siglo XXI la fe y la vida, para aprovechar en el mundo moderno algo de los conocimientos básicos del legado de la humanidad?

En fin, demasiadas cuestiones para responderlas o experimentarlas en poco tiempo. Muchas jamás podrán expresarse del todo con palabras. Pero cuando el cardenal Joseph Ratzinger, gran sabio de la Iglesia, se sentó frente a mí en el monasterio y me contó con paciencia el evangelio, la fe cristiana desde la creación del mundo hasta su final, logré vislumbrar cada vez con mayor claridad algo del misterio que proporciona la coherencia más profunda al mundo. En el fondo, acaso sea muy sencillo. «La creación misma», dice el sabio, «entraña un orden en sí. A partir de él podemos leer los pensamientos de Dios... e incluso el modo correcto en que deberíamos vivir. »

Múnich, 15 de agosto de 2000



INTRODUCCIÓN



Fe, esperanza, amor

Eminencia, ¿también usted tiene a veces miedo de Dios?

Yo no lo llamaría miedo. Sabemos por Cristo cómo es Dios, que nos ama. Y Él sabe cómo somos nosotros. Sabe que somos carne. Y polvo. Por eso acepta nuestra debilidad.

No obstante, una y otra vez me acomete esa ardiente sensación de defraudar mi destino. La idea que Dios tiene de mí, de lo que yo debería hacer.

¿Tiene usted a veces la sensación de que Dios critica o considera incorrecta alguna de sus decisiones?

Dios no es un gendarme o un juez que te imponga una sanción. Pero dentro del espejo de la Ve y también de la misión que me ha sido encomendada, he de reflexionar cada día en lo que está bien y cuándo he cometido una equivocación. Como es natural, entonces me apercibo de que he fallado en algo. Pero para eso existe el sacramento de la penitencia.

Se dice que los católicos rebosan sentimientos de culpa frente a Dios.

Yo creo que los católicos están invadidos sobre todo por el gran sentimiento de indulgencia de Dios. Observemos el arte del barroco o del rococó. Desprenden una gran alegría. De típicas naciones católicas como Italia o España se dice, no sin razón, que poseen una ligereza interna. Quizás en algunas zonas de la cristiandad haya habido también una cierta educación deformada donde lo aterrador, lo oneroso, lo severo tengan primacía, pero eso no es auténtico catolicismo. En mi opinión, en las personas que viven la fe de la Iglesia predomina en última instancia la conciencia de la salvación: ¡Dios no nos abandonará!

¿Existe un lenguaje que Dios use para decirnos a veces de forma muy concreta: «Sí, hazlo». O: «¡Alto, último aviso! ¡Será mejor que no lo hagas!»?

El lenguaje de Dios es silencioso. Pero nos ofrece numerosas señales. Si lanzamos una ojeada retrospectiva, comprobaremos que nos ha dado un empujoncito mediante amigos, un libro, o un supuesto fracaso, incluso mediante accidentes. En realidad, la vida está llena de estas mudas indicaciones. Despacio, si permanezco alerta, a partir de todo esto se va conformando el conjunto y empiezo a percibir cómo Dios me guía.

Para usted, que habla personalmente con Dios, ¿es tan natural como hablar por teléfono?

En cierto modo, es una posible comparación. Yo sé que Él está siempre ahí. Y Él sabe sin duda alguna quién y qué soy. De ahí que aumente la necesidad de llamarle, de comunicarme, de hablar con Él. Con Él puedo intercambiar tanto lo más sencillo e íntimo, como lo más agobiante y trascendental. Para mí, en cierto sentido, es normal tener la posibilidad de hablarle en la vida cotidiana.

Entonces, ¿Dios se muestra siempre lleno de respeto o también manifiesta humor?

Personalmente creo que tiene un gran sentido del humor. A veces le da a uno un empellón y le dice: « ¡No te des tanta importancia!». En realidad, el humor es un componente de la alegría de la creación. En muchas cuestiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido.

Y en ocasiones, ¿se enfada usted con Dios sin poder evitarlo?

Naturalmente, de vez en cuando pienso: «¿Por qué no me ayudará más? ». A veces también me resulta enigmático. En los casos que me enfado percibo su misterio, su naturaleza ignota. Pero enfadarse directamente con Dios significaría rebajarlo demasiado. Muchas veces la culpa de un enfado la tienen cuestiones muy evidentes. Y cuando el enfado está realmente justificado, uno ha de preguntarse siempre si tal vez no le habrá comunicado algo importante a través de él y de las cosas y de las personas que le irritan. Con Dios mismo, yo no me enfado jamás.

¿Cómo comienza usted el día?

Antes de levantarme rezo primero una breve oración. El día parece diferente cuando uno no se adentra directamente en él. Después vienen todas esas actividades que se realizan temprano: lavarse, desayunar. A continuación, la santa misa y el breviario. Ambos son para mí los actos fundamentales del día. La misa es el encuentro real con la presencia de Cristo resucitado, y el breviario, la entrada en la gran plegaria de toda la historia sagrada. Aquí los salmos son la pieza esencial. Aquí se reza con los milenios y se oyen las voces de los Padres. Todo eso le abre a uno la puerta para iniciar el día. A continuación viene el trabajo normal.

¿Y con que frecuencia reza?

Los momentos fijos de oración son a mediodía, cuando, según la tradición católica, rezamos al ángel del Señor. Por la tarde están las vísperas, y por la noche las completas, el rezo eclesiástico nocturno. Y entremedias, cuando siento que necesito ayuda, siempre es posible deslizar breves plegarias.

¿Reza usted siempre una oración distinta antes de levantarse?

No, es una oración fija; en realidad una suma de distintas pequeñas plegarias, pero, en conjunto, una fórmula fija.

¿Alguna recomendación al respecto?

Seguro que todo el mundo puede escoger algo del tesoro de la Iglesia.

Por la noche, cuando uno no logra encontrar la paz...

... yo recomendaría el rosario. Es un rezo que, además de su significado espiritual, ejerce una fuerza anímicamente tranquilizadora. En él, al atenerse siempre a las palabras, te vas liberando poco a poco de los pensamientos que te atormentan.

¿Cómo aborda personalmente los problemas (presuponiendo que los tenga)?

¿Cómo no iba a tenerlos? Por una parte, intento introducirlos en la oración y afianzarme en mi interior. Por otra, procuro ser exigente, consagrarme de verdad a una tarea que me exija y al mismo tiempo me agrade. Y por último, reunirme con los amigos me permite olvidarme un poquito de lo que siempre está ahí. Estos tres componentes son importantes.

Yo creo que en algún momento todos estamos cansados, y destrozados, y sin fuerzas, y desesperados, y furiosos por nuestro destino, que parece completamente torcido e injusto. Usted hablaba de introducir los problemas en la oración, ¿eso cómo se hace?

Quizás haya que empezar como Job. Primero, por ejemplo, hay que gritarle en tu interior a Dios, decirle sin rodeos: « ¡¿Pero qué estás haciendo conmigo?! ». Pues la voz de Job sigue siendo una voz auténtica, que también nos dice que tenemos esa posibilidad -y que tal vez incluso debamos utilizarla-. A pesar de que Job se mostró ante Dios realmente quejumbroso, al final Dios le da la razón. Dios dice que ha hecho bien, y que los demás, que lo han explicado todo, no han hablado bien de Él.

Job se enzarza en una lucha y enumera sus quejas ante Él. Poco a poco va oyendo hablar a Dios, las cosas cambian de rumbo y se ven bajo otra perspectiva. Así salgo de ese estado de tortura y sé que, aunque en ese momento no pueda entender que Él es amor, puedo confiar sin embargo en que todo está bien como está.

Acaso deberíamos simplemente manejar con más rigor los problemas, no permitirlos en absoluto.

Los problemas existen. Determinadas decisiones, el fracaso, las tiranteces humanas, las decepciones, todo eso te afecta y además así debe ser. Pero los problemas también tienen que enseñarte a elaborar esas cuestiones. Rodearse de una coraza de acero, hacerse impenetrable, implicaría una pérdida de humanidad y de sensibilidad, incluso para con los demás. El estoico Séneca dijo: «La compasión es algo abominable». Por el contrario, si contemplamos a Cristo, Él es el que compadece, y eso nos lo hace valioso. La compasión, la vulnerabilidad también forman parte del cristiano. Hay que aprender a aceptar las heridas, a vivir herido y a encontrar finalmente en ellas una salvación más profunda.

Muchos sabían rezar de pequeños, pero en cierto momento lo olvidaron. ¿Hay que aprender a hablar con Dios?

El órgano de Dios puede atrofiarse hasta el punto de que las palabras de la fe se tornen completamente carentes de sentido. Y quien no tiene oído tampoco puede hablar, porque sordera y mudez van unidas.

Es como si uno tuviera que aprender su lengua materna. Poco a poco se aprende a leer la escritura cifrada de Dios, a hablar su lenguaje y a entender a Dios, aunque nunca del todo. Poco a poco uno mismo podrá rezar y hablar con Dios, al principio de manera muy infantil -en cierto modo siempre seremos niños-, pero después cada vez mejor, con sus propias palabras.

Usted dijo una vez: «Si el ser humano sólo confía en lo que ven sus ojos, en realidad está ciego...».

... porque limita su horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial. Porque tampoco tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes no las ve con los ojos de los sentidos, y en esa medida aún no se apercibe bien de que es capaz de ver más allá de lo directamente perceptible.

Alguien me dijo que tener fe era como saltar de un acuario al océano. ¿Recuerda usted su primera gran vivencia de la fe?

Yo diría que en mi caso fue más bien un crecimiento tranquilo. Como es natural, hay puntos culminantes en que uno descubre algo, en la teología, en el primer indicio de comprensión teológica, algo que de repente se vuelve amplio y sustentador y que ya no es mera transmisión.

Yo no podría identificar en mi vida el gran salto del que usted habla, un acontecimiento especial. Más bien me fui aventurando despacio y con mucha cautela desde aguas poco profundas hacia mar adentro y fui percibiendo lentamente algo del océano que sale a nuestro encuentro.

También creo que uno nunca termina con la fe. La fe ha de ser vivida siempre en el sufrimiento y en la vida, al igual que en las grandes alegrías que Dios nos regala. Nunca es algo que se pueda guardar como una simple moneda.



UNA IMAGEN DE DIOS

Mi hijo pequeño me pregunta a veces: «Oye, papá, ¿cómo es Dios?».

Yo le contestaría diciendo que uno se puede imaginar a Dios tal como lo conocemos a través de Jesucristo. Cristo dijo una vez: «Quien me ve a mí, ve al Padre».

Y si después se analiza toda la historia de Jesús, empezando por el pesebre, por su actuación pública, por sus grandes y conmovedoras palabras, hasta llegar a la última cena, a la cruz, a la resurrección y a la misión del apostolado... entonces uno puede atisbar el rostro de Dios. Un rostro por una parte serio y grande. Que desborda con creces nuestra medida. Pero, en última instancia, el rasgo característico en Él es la bondad; Él nos acepta y nos quiere.

¿Pero no dicen también que no deberíamos forjarnos ninguna imagen de Dios?

Este precepto se ha transformado en la medida en que Dios se dio a sí mismo una imagen. La Epístola a los Efesios dice de Cristo: «Él es la imagen de Dios». Y en Él se cumple plenamente lo que se dice del ser humano en la creación.

Cristo es la imagen original del ser humano. Eso ciertamente no nos permite representar a Dios mismo en su eterna infinitud, pero sí contemplar la imagen que Él se dio a sí mismo. Desde entonces no nos forjamos ninguna imagen de Dios, sino que es Dios mismo quien nos la muestra. Aquí nos mira y nos habla.

Ciertamente, la imagen de Cristo no es una simple foto de Dios. Esta imagen del crucificado trasluce más bien la biografía entera de Jesús, sobre todo la biografía íntima. Con ello se nos proporciona una visión que abre y trasciende los sentidos.

¿Cómo caracterizar a Jesús en unas cuantas frases?

Aquí nuestras palabras están siempre sometidas a una sobreexigencia. Lo importante es que Jesús es el Hijo de Dios, que es Dios y al mismo tiempo verdadero hombre. Que en Él no sólo sale a nuestro encuentro la genialidad o la heroicidad humanas, sino que también trasluce a Dios. Puede decirse que en el cuerpo desgarrado de Jesús en la cruz vemos cómo es Dios, en concreto Aquel que se entrega por nosotros hasta ese punto.

¿Era Jesús católico?


No podemos afirmarlo con mucha seguridad, porque Él está por encima de nosotros. Hoy se oye la formulación inversa, es decir, que Jesús no era cristiano, sino judío. Y también es cierto, pero con limitaciones. Por su nacionalidad era judío. Lo era porque adoptó y vivió la ley, y fue también, pese a todas las críticas, un judío piadoso que mantuvo el orden en el templo. Y a pesar de todo infringió y trascendió el Antiguo Testamento -desde su poder de Hijo.

Jesús se concebía a sí mismo como el nuevo y más grande Moisés que ya no se limita a interpretar sino que renueva. En ese sentido, trascendió lo existente y creó algo nuevo, es decir, condujo el Antiguo Testamento hasta la universalidad de un pueblo que se extiende por toda la tierra y que ha de crecer aún más. Él es, pues, el origen de la fe, el que crea intencionadamente la Iglesia católica, pero no es uno más de nosotros.

¿Cómo y cuándo supo personalmente lo que Dios quería de usted?

Creo que eso siempre hay que aprenderlo de nuevo. Porque Dios desea siempre lo trascendente. Sin embargo, si usted se refiere a la decisión profesional, a la dirección fundamental que yo quise y tuve que tomar, fue un proceso de maduración intenso y, en parte, también complejo durante mi época universitaria. Este camino me llevó a acercarme a la Iglesia, a guías y compañeros sacerdotes y, naturalmente, a las Sagradas Escrituras. Este conglomerado de relaciones fue luego clarificándose paulatinamente.

Pero también mencionó en una ocasión que en su decisión de optar por el sacerdocio existió un «auténtico encuentro» entre Dios y usted. ¿Cómo podemos imaginar ese encuentro entre Dios y el cardenal Ratzinger?

Desde luego, no al estilo de una cita entre dos personas. A lo mejor se puede describir como algo que sientes en la piel y después se adentra y arde en tu alma. Uno siente sencillamente que eso tiene que ser así, que es el camino acertado. No fue un encuentro en el sentido de una iluminación mística. No es éste un ámbito de experiencias del que pueda vanagloriarme. Sin embargo, puedo decir que el conjunto de la lucha desembocó en un conocimiento claro y exigente, de forma que también se manifestó en mi interior la voluntad de Dios.

«Dios te amó primero», dice la doctrina cristiana. Y te ama sin tener en cuenta tu origen o tu importancia. ¿Qué significa eso?

Esta frase debe tomarse en el sentido más literal posible y así intento hacerlo. Porque es realmente el gran motor de nuestra vida y el consuelo que necesitamos. Lo cual no es en absoluto tan extraño.

Él me amó primero, antes de que yo mismo fuese capaz de amar. Fui creado sólo porque ya me conocía y me amaba. Así que no he sido lanzado al mundo por azar, como dice Heidegger, ni me veo obligado a advertir que voy nadando por ese océano, sino que me precede un conocimiento, una idea y un amor que constituyen el fundamento de mi existencia.

Lo importante para cualquier persona, lo primero que da importancia a su vida, es saber que es amada. Precisamente quien se encuentra en una situación difícil resiste si sabe que alguien le espera, que es deseado y necesitado. Dios está ahí primero y me ama. Ésta es la razón segura sobre la que se asienta mi vida, y a partir de la cual yo mismo puedo proyectarla.



CRISIS DE FE

Señor cardenal, en la mayoría de los continentes de la tierra, la fe cristiana es más requerida que nunca. Sólo en los últimos cincuenta años, el número de católicos en todo el mundo se ha duplicado hasta superar los mil millones. Sin embargo, en numerosos países del llamado Viejo Mundo estamos viviendo una secularización cada vez más amplia. Parece como si grandes sectores de la sociedad europea quisieran desligarse paulatina y totalmente de su herencia. Los enemigos de la fe hablan de una «maldición del cristianismo» de la que es preciso liberarse al fin.

En nuestro primer libro Sal de la tierra abordamos ampliamente esta temática. Muchas personas están dispuestas a seguir estereotipos anticristianos o anticlericales sin reflexión personal. Con frecuencia se debe a que hemos perdido los contenidos y signos de la fe. Ya no sabemos lo que significan. ¿Tiene la Iglesia algo que decir?

Vivimos sin duda en un momento histórico en el que la tentación de querer crear sin Dios se ha vuelto muy grande. Nuestra cultura de la técnica y del bienestar se basa en la convicción de que, en el fondo, todo es factible. Naturalmente, si pensamos así, la vida termina en lo que nosotros podemos hacer, construir y demostrar. Por tanto, la cuestión divina queda relegada a un segundo término.

Si se generaliza esa actitud -y la tentación para que eso ocurra es muy grande, porque buscar a Dios significa realmente adentrarse en otro plano que antes quizá fuese más accesible-, la respuesta es palmaria: lo que no es obra nuestra, no existe.

Entretanto se dan bastantes intentos de construir éticas sin Dios.

Sin duda, y en ese sentido el cálculo consiste en buscar lo que, al parecer, más conviene al ser humano. Por otra parte, observamos también intentos de convertir la realización íntima de la persona, la felicidad, en un producto construible. O el entregarse a formas religiosas que aparentemente pueden prescindir de la fe, ofertas esotéricas que, a menudo, son simples técnicas fortuitas.

Todos estos modos de querer mantener el mundo en equilibrio y arreglárselas con la propia vida son muy naturales debido al actual modelo vivencial y existencial. La palabra de la Iglesia, por el contrario, procede del pasado, ya sea porque sucedió hace mucho y no pertenece a nuestro tiempo, o porque proviene de una forma de vida completamente distinta que ya no parece actual. Sin duda la Iglesia aún no ha conseguido del todo dar el salto al presente. Volver a llenar de experiencia y vitalidad las antiguas palabras, verdaderamente vigentes y grandes, hasta que se tornen audibles es la gran tarea que nos espera. Tenemos mucho que hacer al respecto.

La imagen de Dios basada en el esoterismo presenta la idea de un Dios completamente diferente, cuyos nuevos mensajes se van distanciando de la doctrina judía y cristiana. Ni rabinos, ni sacerdotes, ni siquiera la Biblia, dicen, son fuentes de su mensaje. En lugar de eso las personas deberían orientarse por sus propios sentimientos y liberarse de una vez de las coacciones de esas religiones tradicionales, más aún, ridículas, y de sus poderosas castas sacerdotales, para volver a ser íntegras y felices, tal como fueron concebidas al principio. Gran parte de este mensaje suena muy alentador.

Eso responde punto por punto a nuestras necesidades religiosas actuales y también a la necesidad de simplificación. En ese sentido tiene en sí algo convincente que augura el éxito. Pero ciertamente también es preciso preguntarse quién o qué legitima este mensaje. ¿Está suficientemente legitimado como para parecernos plausible? ¿Basta la plausibilidad como criterio para aceptar un mensaje sobre Dios? ¿O es precisamente la plausibilidad una tentación que nos halaga? Pues nos muestra el camino más fácil, pero también nos impide descubrir la realidad.

En última instancia, con ello convertimos nuestros sentimientos en la pauta de quién es Dios y de cómo deberíamos vivir. Pero los sentimientos son cambiantes, y pronto nos damos cuenta nosotros mismos de que de ese modo estamos edificando sobre una base engañosa. Por convincente que pueda parecernos al principio, ahí vuelvo a toparme con ideas humanas que, en última instancia, siguen siendo cuestionables. Sin embargo, lo esencial de la fe es que en ella no me encuentro con algo inventado, sino que lo que sale a mi encuentro supera con creces todo cuanto nosotros, los hombres, podemos inventar.

Objeción: ¡eso lo dice la Iglesia!

Está probado por la historia. En ella Dios, en cierto sentido, se ha sometido a prueba una y otra vez y seguirá haciéndolo en el futuro. Creo que en este libro conoceremos muchas cosas más al respecto.

Pero, en última instancia, a las personas no les basta con que Dios haya expresado esto ó aquello, o con que nos imaginemos esto o aquello sobre Él, sino que sólo cuando Él ha hecho algo por nosotros, sucede lo que necesitamos y sobre lo que puede fundamentarse una vida.

Así podemos darnos cuenta de que no sólo existen palabras sobre Dios, sino también una realidad de Él. Que las personas no sólo han inventado algo, sino que ha pasado algo; pasado en el sentido literal de pasión. Esta realidad trasciende las palabras, aunque sea menos accesible.

Para muchos no sólo es increíble, sino que constituye una jactancia, una enorme provocación, creer que una persona que fue ejecutada alrededor del año 3 o en Palestina es el ungido y elegido de Dios, precisamente el «Cristo». Que un único personaje sea el centro de la historia.

En Asia cientos de teólogos afirman que Dios es demasiado grande y vasto como para haberse encarnado en una sola persona. De hecho, ¿no se reduce la fe si la salvación de todo el mundo ha de estar orientada según un único punto?

Esa experiencia religiosa asiática considera a Dios tan inconmensurable y nuestra comprensión tan limitada, que Dios sólo puede representarse a través de una infinitud de reflejos. En ese caso Cristo acaso sea un elevado símbolo de Dios, pero sólo un reflejo que no capta en absoluto el conjunto.

En apariencia, esto revela la sumisión del ser humano ante Dios. Se juzga absolutamente imposible que Dios pueda pasar a formar parte de una sola persona. Y desde una perspectiva exclusivamente humana, quizá tampoco podamos esperar otra cosa que vislumbrar alguna chispa, un pequeño detalle de Dios.

No suena descabellado.

Sí. Desde la óptica racional deberíamos decir de hecho que Dios es demasiado grande como para pasar a formar parte de la pequeñez de una persona. Dios es demasiado grande como para que una idea o un escrito pueda abarcar su palabra; sólo puede reflejarse en experiencias diversas, incluso contradictorias. Por otra parte, la sumisión se convertiría en orgullo si negáramos a Dios la posibilidad de tener la libertad y el poder amoroso de hacerse tan pequeño.

La fe cristiana nos ofrece precisamente el consuelo de que Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. En realidad aquí radica para mí la grandeza inesperada e inconcebible de Dios, en que disfrute de la posibilidad de rebajarse tanto; en que Él mismo pase de verdad a formar parte de una persona, en que no se limite a disfrazarse para luego quitarse el disfraz y vestirse con otros ropajes, sino que Él sea esa persona. Sólo ahí captamos la verdadera infinitud de Dios, porque eso lo hace más poderoso, inimaginable y al mismo tiempo más salvador.

De otra manera, tendríamos que vivir siempre con un cúmulo de mentiras. Los pasajes contradictorios que existen en el budismo y en el hinduismo sugieren realmente la solución de la mística negativa. Pero entonces Dios se convierte en negación, y ya nada positivo, y en última instancia constructivo, tiene que proponer a este mundo.

Y viceversa: precisamente ese Dios que tiene el poder de plasmar en una persona el amor que Él es, que está ahí y se nos da a conocer, que acepta la afinidad con nosotros, es justo lo que necesitamos para no tener que vivir hasta el final con fragmentos, con medias verdades.

Eso no significa que no podamos aprender de las demás religiones, o que el canon de lo cristiano esté tan acabado y cimentado que imposibilite cualquier avance. La aventura de la fe cristiana es siempre nueva y su inconmensurabilidad deriva precisamente de atribuir esas posibilidades a Dios.

El ser humano ¿es creyente de por sí?


A juzgar por los datos que nos proporcionan las excavaciones de la historia de la humanidad desde la prehistoria más remota, cabe afirmar que la idea de Dios siempre ha existido. Los marxistas predijeron el fin de la religión. Decían que con el final de la opresión ya no se necesitaría la medicina llamada Dios. Pero se vieron obligados a reconocer que la religión no acaba nunca, porque realmente es consustancial al ser humano.

Sin embargo, este sensor interno no funciona con el automatismo de un aparato técnico, sino que es algo vivo que puede ir creciendo con el ser humano o adormecerse casi hasta morir. Esa acción conjunta agudiza cada vez más el sensor, reavivándolo e intensificando su reacción -en caso contrario se queda romo y casi sepultado bajo la anestesia-. Y no obstante, en la persona incrédula de alguna manera subsiste la pregunta residual de si, pese a todo, no existirá algo. Sin este órgano íntimo, la historia de la humanidad resultaría ininteligible.

Por otra parte hay montones de libros y teorías importantes que intentan rebatir esa fe. Así que la lucha de un credo contra otro también parece existir en principio, y posee incluso algo de espíritu misionero. Los mayores experimentos humanos de la historia hasta la fecha, el nacionalsocialismo y el comunismo, intentaron llevar ad absurdum y arrancar del corazón de los hombres la fe en Dios. Y no será el último intento.

Por eso la fe en Dios no es una ciencia que se pueda estudiar, como la química o las matemáticas, sino que sigue siendo fe. Aunque posee una estructura muy racional; volveremos más adelante sobre este punto. No es simplemente un oscuro asunto cualquiera del que me fío. Me proporciona claridad de juicio. Y existen bastantes razones juiciosas para entregarse a ella. Sin embargo, jamás se convierte en pura ciencia.

Pero como la fe exige toda la existencia, la voluntad, el amor, el desprendimiento, también necesita superar siempre el mero conocimiento, la pura demostración. Por ello, también puedo vivir siempre lejos de la fe y hallar razones para refutarla.

Porque, como usted mismo sabe, hay numerosas razones contrarias. Basta con analizar el enorme sufrimiento existente en el mundo. Este simple hecho parece una refutación de Dios. O tomemos esa pequeñez, la sencillez de Dios. Para aquel que ha abierto los ojos a la fe, aquí radica precisamente toda su grandeza; sin embargo, el que no puede o no quiere dar el salto convierte a Dios en cierto modo en refutable. También se puede disolver todo en numerosos detalles. Las Sagradas Escrituras, el Nuevo Testamento pueden hacerse añicos a fuerza de leerlos hasta dejarlos reducidos a un montón de trocitos, de manera que luego un erudito diga que la resurrección es una invención posterior, que todo se añadió más tarde, que carece de fundamento.

Todo esto es posible. Precisamente porque la historia y la fe son algo humano. En este sentido, el debate sobre la fe no concluirá nunca. Además, este debate supone una lucha de la persona consigo misma y con Dios que perdurará hasta los albores del fin de la historia.

La sociedad moderna duda de que pueda existir siquiera una verdad. Esto se refleja también en la Iglesia, que se aferra imperturbable a ese concepto. Usted llegó a comentar en cierta ocasión que la profunda crisis actual del cristianismo en Europa se debía esencialmente a la crisis de su reivindicación de la verdad. ¿Por qué?

Porque ya nadie se atreve a decir que lo que afirma la fe es cierto, pues se teme ser intolerante, incluso frente a otras religiones o concepciones del mundo. Y los cristianos se dicen que nos atemoriza esa elevada reivindicación de la verdad.

Por una parte esto, en cierto modo, es saludable. Porque si uno se dedica a asestar golpes a su alrededor con demasiada rapidez e imprudencia con la pretensión de la verdad y se instala en ella demasiado tranquilo y relajado, no sólo puede volverse despótico sino también etiquetar con enorme facilidad como verdad algo que es secundario y pasajero.

La cautela a la hora de reivindicar la verdad es muy adecuada, pero no debe provocar el abandono generalizado de dicha pretensión, pues entonces nos moveremos a tientas en diferentes modelos de tradición.

De todos modos, las fronteras se tornan realmente más imprecisas. Muchos sueñan con una especie de religión a la carta, aunque con ingredientes escogidos y muy acomodados al gusto. Cada vez se diferencia más entre religión «mala» y «buena».

Es interesante que el concepto de tradición haya sustituido al concepto de religión y de confesión -y con ello también al concepto de verdad-. Las distintas religiones se consideran tradiciones. Entonces se juzgan «venerables», «hermosas», y se afirma que quien está dentro de una tradición debe respetarla, así como debe respetar las tradiciones ajenas. Pero contar sólo con tradiciones provoca también, es lógico, una pérdida de la verdad. Y en cierto momento uno se preguntará por qué ha de existir tradición siquiera. Y entonces la rebelión contra la tradición quedará justificada.

Recuerdo siempre las palabras de Tertuliano, que comentó una vez: «Cristo no ha dicho: "Yo soy la costumbre, sino yo soy la Verdad"». Y es que Cristo no sanciona simplemente la costumbre; al contrario, él nos arranca de las costumbres. Él desea que las abandonemos, nos exige que busquemos la verdad, lo que nos introduce en la realidad del Creador, del Salvador, de nuestro propio ser. En ese sentido, hemos de ser cautelosos con la reivindicación de la verdad en cuanto gran compromiso, pero también tener el valor de no perder la verdad, de tender hacia ella y aceptarla con agradecimiento y humildad cuando nos sea ofrecida.



SOBRE LA DUDA

En cierta ocasión usted refirió la historia de Martin Buber sobre un rabino judío. En ella, el rabino recibe un buen día la visita de un racionalista. Se trata de un hombre culto. Quiere demostrar al rabino que no existe verdad alguna en la fe, que la fe es incluso retrógrada, una reliquia del pasado. Cuando el erudito entra en el cuarto del religioso lo ve con un libro en la mano, caminando, meditabundo, de un lado a otro. El rabino no presta atención al ilustrado. Pero al cabo de un rato se detiene y, dirigiéndole una mirada fugaz, se limita a decir: «Pero a lo mejor es verdad». Eso bastó. Al erudito le temblaron las piernas y abandonó la casa a la desbandada. Una bonita historia, pero también los clérigos vuelven la espalda a su Iglesia una y otra vez, los monjes huyen de sus monasterios. Usted mismo habló en una ocasión del «poder opresivo de la falta de fe».

La fe nunca está sencillamente ahí, de forma que yo pueda decir a partir de un momento determinado que yo la tengo y otros no. Ya lo hemos comentado. Es algo vivo que incluye a la persona entera -razón, voluntad, sentimiento en toda su dimensión. Entonces cada vez puede arraigar más profundamente en la vida, de forma que mi existencia se torne más y más idéntica a mi fe, pero a pesar de todo nunca es una mera posesión. La persona conserva siempre la posibilidad de ceder a la tendéncia opuesta y caer.

La fe sigue siendo un camino. Mientras vivimos estamos de camino, de ahí que se vea amenazada y acosada una y otra vez. Y también es curativo que no se convierta en una ideología manipulable. Que no me endurezca ni me incapacite para pensar y padecer junto al hermano que pregunta, que duda. La fe sólo puede madurar soportando de nuevo y aceptando en todas las etapas de la vida el acoso y el poder de la falta de fe y, en definitiva, trascendiéndolos para transitar por una nueva época.

¿Qué sucede en su caso? ¿Conoce usted personalmente ese poder opresivo de la falta de fe?

Por supuesto. Cuando uno, en su calidad de catedrático o maestro de la fe, intenta comprender la situación espiritual de nuestro siglo tiene que dejarse asaltar por los interrogantes que dificultan esa tarea. Y entonces, lógicamente, también te asaltan esos modelos vitales que nos presentan con la promesa de sustituir o tornar innecesaria la fe. En este sentido, la aceptación, la resistencia íntima y el ser acosado por todos los argumentos contrarios a la fe constituye una parte esencial de mi labor.

Pero, aunque no quisiera, también me asaltarían datos, acontecimientos, todas las experiencias que te proporciona la vida. Todo eso hace por una parte fatigoso el camino de la fe. Pero después, cuando uno retorna a la luz, comprueba también que es como ascender a una montaña, y que ésa es la manera de acercarse al Señor.

¿ Y eso finaliza en algún momento?


Nunca del todo.

¿Es concebible que también el Papa se vea acosado por la duda o incluso por la falta de fe?

Por la falta de fe, no, pero uno debería ya imaginarse que también sufre por las cuestiones que obstaculizan la fe. Para mí resultó inolvidable un pequeño encuentro en Múnich, cuando era capellán. Blumscheid, mi párroco de entonces, era amigo del párroco de la vecina parroquia evangélica. Un día vino Romano Guardini a impartir una conferencia y los dos párrocos lograron hablar con él. Ignoro cómo transcurrió la conversación, pero después, Blumscheid me contó, estupefacto, que Guardini había dicho que cuando uno se hace mayor la fe no se vuelve más fácil, sino más difícil. Guardini debía de tener por entonces unos sesenta y cinco o setenta años. Como es natural, la suya era la esperanza específica de una persona melancólica y que había sufrido mucho. Pero, como he dicho, la situación nunca se resuelve del todo. Por otra parte se torna algo más fácil porque también la llama de la vida se empequeñece. Pero mientras uno está de camino, está de camino..............

Fuente...http://www.dudasytextos.com/b16/dios_ratzinger.htm